Hueco de vida


La oscuridad se hizo parte del paisaje. 
Y en un segundo llenó uno a uno los ecos de un recuerdo cotidiano que hacía las veces del día a día. La oficina llena de papeletas, los cuadros viejos que algún día fueron nuevos y funcionaron de manera exquisita en el colgado de una pared que guarda cientos de miles de conversaciones comunes. 

Fue el olor a café lo que percibí inmediatamente, un olor intenso a quemado que hacía las veces más de decoración  que de otra cosa, ese olor característico me  hizo comprender dónde estaba, aunque mi cabeza seguía pensando en la pésima decoración de la oficina, como si fuese aquel, el mejor recuerdo en mi memoria trastocada. 

Desperté, pero ahora el silencio se había convertido en un constante ausente, y no pude evitar reprocharme: ¿porqué no tengo sueños profundos? Viví siempre con miedo, reí un poco antes de intentar descifrar la cantidad de gritos que se escuchaban alrededor, pero fue inútil. Recordé que cuando me daban ganas de escribir en mi soledad, solía apagar la música, también recordé las canciones que escuchaba mientras recorría el camino que me llevaba en colectivo de mi casa a la Universidad y que algunas veces servía de arrullo a noches de desvelo y estudio. 

Seguí despierto, pero sin poder moverme. Había una fuerza poderosa que no me permitía hacer ningún movimiento en las manos ni los pies, empecé a sentir dolor en mi espalda y fuerte dolor de cabeza, no de esos que me llegaban al cierre de mes, era un dolor punzante... lloré. 

Entendí que aquel olor a café pertenecía al de aquella mañana en el trabajo, que los cuadros viejos que adornaban la oficina se movían escandalosamente en el edificio y, que de pronto, el mundo se me vino encima. 
Entonces comprendí lo que la gente gritaba alrededor, y grité, lo hice con todas mis fuerzas y mis miedos, lo hice como si cada grito fuese mi último aliento, grité con la esperanza en mis labios, grité tanto que conseguí apagar el ruido... vacilé un poco antes de volver a hacerlo, pero continué, seguí gritando: ¡ayuda!


Se abrió una ventana y entró mucha luz a ese hueco dónde había vida. Lo que pasó posteriormente ha sido y sigue siendo un misterio para mi... tantas manos, tanta ayuda, tantos aplausos y tanto llanto de alegría. 

Ustedes me dieron otra oportunidad, la vida me dio otra oportunidad y no tengo otra forma de pagarles que volviendo a vivir, pero esta vez. Sin Miedo. 
Gracias. 

Rescate en edificio de / Foto: Pedro Mera

Jorge Gauna
Simples Palabras
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